Perdonen: aquí, un radical

Posted on 23 junio, 2011 por

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A los integrantes del movimiento 15M se les ha tachado, desde la prensa facciosa, de todas las lindezas que caben en el diccionario, desde el moderno anatema de terroristas (o cómplices de, o amigos de, o del entorno de los mismos) hasta los insultos del acervo clásico: “putas y maricones”.

Especialmente ha triunfado entre los medios un cliché: el de “radical antisistema”. ¡Estupendo! Es un traje que nos sienta como un guante. Lejos de ser un insulto, es el mejor de los elogios.

En cuanto al sustantivo, ante un sistema que condena a la muerte por miseria (inanición, falta de acceso a agua potable, enfermedades fácilmente curables) a 22.000 niños al día, la única alternativa moralmente aceptable es el rechazo. La complacencia ante ese sordo genocidio es criminal, la miseria humana no es un efecto colateral, sino una consecuencia necesaria de la acumulación de riqueza (más el poder que comporta) en un número cada vez más reducido de manos.

Como nos rebelamos ante esa situación de lacerante injusticia somos, por lo tanto, unos antisistema.

En cuanto al calificativo que lo acompaña siempre, radical (escasa creatividad en las redacciones), habrá que reconocer que tal es, efectivamente, nuestra aspiración.

En una celebrada columna del fallecido Javier Ortíz (la primera que escribió para Público), nos recordaba que el término radical proviene del latín radix, raíz. Radical, en su acepción etimológicamente más pura, es pues el que se dirige a las causas últimas de un problema, a las bases soterradas de una cuestión, en vez de andarse balanceándose por las ramas como nuestra homínida clase política.

Por lo tanto, antisistema por convicción, por principios; y ojalá que sepamos ser radicales, es decir, analizar con éxito la matriz del problema sin dejarnos llevar por cuestiones accesorias. Efectivamente, somos radicales antisistema.

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La columna de Javier Ortíz aludida, alzo mi copa hacia el Sol de Jamaica.

Perdonen: aquí, un radical

Ahora se llama «radical» a todo lo que tiene aspecto de desaforado, burro e intolerante, a nada que parezca relacionado con en el gremio de la política.

Si unos cuantos queman en Girona fotos de los reyes, no tarda nada en aparecer alguna autoridad que nos hace saber que ha sido cosa de «radicales». Si otros incendian un autobús o un cajero automático en Euskadi, rápidamente nos los identifican como «radicales». Si se intenta catalogar a los islamistas dispuestos a cargarse a cualquier viandante de Occidente para distinguirlos de sus correligionarios pacíficos, se les llama «radicales» y ya está.

El asunto me repatea por dos motivos.

Primero, porque «radical», en rigor, es aquel que apunta a la raíz de las cosas, sin irse por las ramas. El Diccionario de la Academia define así el término, en tanto que sustantivo: «Partidario de reformas extremas, especialmente en sentido democrático.»

Segundo, porque se habla de lo radical como lo opuesto a lo apacible, lo moderado y lo tolerante. Sin embargo, muchos de quienes son tenidos por moderados no tienen nada de estupendos. Por poner un ejemplo: nadie calificaría al rey de Marruecos de «radical»; sin embargo, vaya pieza. Otro ejemplo: ¿son «radicales» las Fuerzas Armadas de EEUU destacadas en Irak? No he oído a nadie que las tilde de tales. Pero ¿no sería un pelín excesivo presentarlas como tolerantes?

Al final, y aunque lo hagan sin pretenderlo, cuando hablan de «radical» parten del sobreentendido de que un radical es, por fuerza, alguien que se expresa desde fuera del sistema constituido, sin respetar las componendas pactadas por la gente de orden.

Pues bien: si de eso se trata, me declaro radical. Aspiro a ir a la raíz de lo que nos pasa. Y estoy dispuesto a defender «reformas extremas, especialmente en sentido democrático.»

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