Algunas contradicciones del capitalismo (que no son pocas)

Posted on 4 enero, 2012 por

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De una forma más clara o más solapadamente, el capitalismo ha sido el sistema económico al que de forma inexorable conduce la naturaleza humana si no se opone una fuerza superior como puede ser el estado o la revolución. Pero si el estado no es vigilante o la revolución se debilita, de nuevo se tiende hacia el capitalismo, ese sistema basado en la propiedad privada de los medios de produccion, en el predominio de la ley de la oferta y la demanda, en la producción de bienes por encima de las necesidades reales y en su desigual reparto.

La libertad económica, por muy bien que suene, trae consigo la esclavitud de la población. Si parece excesivo lo de esclavitud piénsese en los millones de personas que en el mundo reciben un exiguo salario por realizar un trabajo de cuyo producto se detrae una cantidad de riqueza que ya hace mucho tiempo se ha llamado plusvalía. Toda libertad económica trae consigo explotación; no depende de que lo queramos o no, sino de que así se comporta el sistema capitalista si no se le pone freno, y no se le pone freno muchísimas veces. Precisamente por eso hay personas que no están de acuerdo con la libertad de mercado aunque la misma parezca la forma “natural” de comportamiento humano. Lo cierto es que hay millones, muchísimos millones de personas que sufren el hambre y la miseria por es forma “natural” de producir riqueza.

Otra libertad, la de propiedad privada, trae inmediatamente a la mente la forma en que se ha obtenido dicha propiedad. Es evidente que no nos estamos refiriendo aquí a la propiedad privada de una parcela, de una vivienda o de otros bienes de consumo más o menos apreciados. Nos estamos refiriendo a la propiedad privada con mayúsculas, la de los medios de producción: las minas, la tierra, el capital, a tran grande escala que no era imaginable hace solo un siglo. Hay empresas, propiedad de unos pocos, que disponen de un capital superior al presupuesto económico de muchos estados. Hay empresas que son capaces de condicionar los precios con su tendencia monopolística. Los estados luchan contra esos monopolios, pero lo cierto es que la tendencia a la absorción de unas empresas por otras ha sido una tendencia de siempre. Además, los economistas saben que la dimensión de una empresa condiciona su viabilidad. Las pequeñas y medianas empresas no hacen otra cosa sino regular mercados pequeños, que no son el gran mercado al que nos estamos refiriendo aquí, el mundial, el globalizado.

Muchas fortunas se han conseguido mediante el favor político o mediante el acceso al poder político; otras veces mediante la violación flagrante de la ley, otras mediante trampas más o menos sofisticadas; otras veces mediante la detracción exagerada de plusvalías en momentos coyunturales favorables, otras mediante la especulación no productiva, otras mediante prácticas ilícitas como el tráfico de drogas (antes de esclavos) de armas, mediante mafias organizadas que benefician solo a unos pocos. Es sabido que las burguesías europeas del siglo XVIII basaron su prosperidad económica -en parte- en el tráfico negrero. Es decir, los hijos de dichas familias estudiaron en los mejores colegios, en las mejores Universidades, obtuvieron sus títulos académicos, que les permitió escalar puestos políticos, gracias a las fortunas hechas por papá o el abuelito, o quizá otro ascendiente más lejano vendiendo y comprando seres humanos. Si no es mediante un golpe de fotuna o el ahorro contínuo ¿es posible enriquecerse? Pero lo cierto es que solo una minoría de la humanidad puede ahorrar en un sistema crecimentemente capitalista.

La división del trabajo, que tan cacareadamente se pregona (unos aportan el capital, otros la mano de obra, otros sus conocimientos técnicos) parece inofensiva, pero lo cierto es que esa división del trabajo se ha extendido no ya entre los individuos, sino entre partes del mundo, éste se ha troceado, de forma que a unos paises les corresponde un tipo de producción asignada por los grandes oligopolios y a otros países les corresponde otro tipo de producción. Muchos países africanos, asiáticos e iberoamericanos están condenados a aportar minerales, materias primas, alimentos (cuando no encuentran la competencia ventajosa de los países más enriquecidos) mientras que la tecnología, los servicios más caros, la finanzas y las actividades especulativas a nivel mundial están reservadas a los países más enriquecidos. En medio, eso sí, hay una caterva de países-taller que suministran bienes y servicios por precios que no permiten salir de la pobreza a sus poblaciones.

La ley de la oferta y la demanda, llevada hasta sus últimos extremos, no ha sido posible a pesar de los defensores del capitalismo más acérrimo. Cuando un producto abunda su precio se hunde y con él a millones de personas; cuando escasea su precio sube y es inalcanzable para la inmensa mayoría. Entonces es el poder público el que interiviene, pero no para combatir al capitalismo, sino para corregir provisionalmente ese mal de la economía.

También se ha dicho hasta la saciedad que el capitalismo propende a la organización racional del trabajo, pero lo cierto es que la historia nos demuestra más bien un sistema caótico que un sistema racional en este punto. No de otra manera se explican las grandes hecatombes económicas que el mundo ha conocido, las grandes quiebras, las grandes crisis que son inherentes al sistema capitalista: cada cierto tiempo crisis a pequeña escala y cada cuarenta o cincuenta años, como se ha demostrado, crisis estructurales que, sin embargo, no evitan que el capitalismo se regenere como una hidra. El capitalismo se regenera a sí mismo de forma asexuada; no es necesario un agente externo para que lo preñe, sino que se autoinsemina.

Los defensores del capitalismo alaban su utilidad, pero lo cierto es que ha sido útil de forma tan desigual que ha permitido escandalosas e insultantes fortunas y empobrecimientos de generación en generación. La utilidad ha sido para sus monopolizadores, no para las sociedades concebidas en sí mismas. El capitalismo ha degenerado en una economía virtual que no es productiva, que ofrece espejismos engañosos provocando acciones por parte de los productores, de los consumidores, que no obedecen a una forma racional de comportamiento humano. Así se consume desaforadamente cuando una crisis acecha sin que se advierta a primera vista; cuando se produce ya es tarde para evitar la catástrofe. Lo mismo ocurre con los especuladores que realizan operaciones de “ingeniería” capaces de escapar al control de la ley, de los estados y de la sociedad. Cuando esta se percata del fraude muchos de aquellos especuladores ya están en la cumbre del poder político, de la finanza, de la gran industria y es inútil cuestionar la licitud de su ascenso.

No hablemos, porque es un asunto manido, de la tendencia del capitalismo al imperialismo, más en un sentido informal en los tiempos de corren, pero que consistió en la ocupación por la fuerza de territorios y poblaciones haciendo correr ríos de sangre impunemente. Reyes y magnates, exploradores altivos, leguleyos, gobernantes, personajes sin escrúpulos participaron en un festín que una cohorte de ideólogos se encargaban de justificar.

Tambien el capitalismo ha producido el “dumping social”. Las sociedades económicamente más débiles venden productos a precios más baratos obtenidos mediante una sobreexplotacion inmisericorde de la mano de obra, con lo que las sociedades más desarrolladas económicamente ven frenada su orgía productiva, con lo que ello tiene de sufrimiento para millones de trabajadores. El desprecio al medio ambiente tampoco ha servido para edulcorar el sistema capitalista: bosques depredados, contaminación atmosférica, especies orgánicas desaparecidas, amenaza de desertización, efecto invernadero, son problemas que están en mente de todos, pero que, a fuer de sinceros, también los sistemas no capitalistas han contribuido a crear.

Está muy claro por que algunos regímenes comunistas han evolucionado en un sentido de aceptar el sistema capitalista -que permite a una casta gobernante seguir en las poltronas- mientras que las libertades civiles más elementales son conculcadas. Los ejemplos más notables son los de China y Vietnam, pero hay otros. Estos dirigentes se han dado cuenta de que el socialismo, tal y como se planteó durante el siglo XIX, no es posible si no es a nivel planetario. Los regímenes socialistas no pueden subisistir con la competencia de la voracidad capitalista a sus puertas. La solución, en los países citados, ha sido bien miserable: aceptar el capitalismo en economía y negar la libertad en política.

Algunos otros regímenes son aberrantes, como el caso de Cuba, que sin embargo ha empezado a comprender que no es posible seguir empobreciendo a la población con el capitalismo rodeándole por los cuatro costados, aparte los problemas de gestión y honestidad de que sean cumplables los dirigentes de dicho país. Su crueldad en materia de derechos civiles es comparable a los casos de China y Vietnam, pero en los países capitalistas también se ejecuta por procedimientos varios a aquel que estorba en una sociedada que, en buena medida, ha hecho al delincuente.

Los partidos socialistas en el sistema capitalista han quedado desnortados tras los acontecimientos de principios de los años noventa pasados. Las ideologías socialistas no están adaptadas a un mundo globalizado, sino pendientes de adaptarse. El socialismo, en un sentido formal, se ha adaptado al capitalismo sin cuestionarlo (excepción hecha de algunos casos menores y de “outsiders” que no pueden ser considerados, en puridad, socialistas) y así grandes sectores de la humanidad están gobernados por partidos conservadores fuertemente concertados con la gran industria, la banca y los oligopolios.

Pero esta situación no debe llevarnos a engaño: la historia discurre hoy a velocidad distinta -más rápida- que hasta hace unas pocas décadas. Hay sociedades que cuestionan el sistema aunque no hablan de capitalismo, como si hacerlo implicase mencionar tácitamente aquellos otros sistemas económicos que han fracasado históricamente. El mundo de la inmigración, con la toma de conciencia sobre los grandes problemas que afectan a la humanidad, un espíritu crítico que nunca ha dejado de existir y que se abre camino, ciertos grupos conservadores que, sin embargo, han comprendido la necesidad de limitar los desmanes del capitalismo, minorías ilustradas del tercer mundo que reclaman hacerse oir en la globalidad; todo ello quizá nos lleve a un escenario que hoy no podemos dibujar pero sí esperar con alguna esperanza.

No se ha pretendido aquí descubrir nada; solo recordar algunas cosas elementales.

L. López de Guereñu