Reforma tributaria y reforma laboral, intentos de salvar la ganancia. Por J. J. Guirado

Posted on 30 mayo, 2012 por

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Hay procesos que se desarrollan ante nuestros ojos, pero que si son lo suficientemente lentos, pueden y suelen pasar inadvertidos. Por ejemplo: aunque conozcamos el movimiento de los astros en el cielo, no lo percibimos. De modo análogo, no somos del todo conscientes de cómo han ocurrido, delante de nuestras narices, dos largos procesos relacionados entre sí. Uno de ellos es la reforma tributaria; el otro, la reforma laboral. De igual manera que ambas están interconectadas, lo están distintos aspectos de cada una de ellas.
La reforma tributaria ha abarcado entre otros, y no son independientes, la reforma de los impuestos sobre la renta de las personas físicas, sobre el patrimonio y sobre sucesiones y donaciones. Todos ellos tienen un potencial redistributivo. Todos se han ido desactivando, sustituyéndolos por impuestos indirectos que gravan el consumo. Y el consumo es relativamente igualitario (el rico no come mucho más que el pobre), con lo que se empareja bastante la contribución de las distintas clases sociales, cosa que no ocurre con los otros impuestos.
El impuesto sobre la renta grava con tipos más altos a las fracciones de renta más altas. Desde hace muchos años se ha ido limando ese carácter, en detrimento de la recaudación. Aunque sólo fuese por la inflación, los mismos tipos han ido siendo aplicados a personas con cada vez menos poder adquisitivo real. Al mismo tiempo, se han ido reduciendo sus tramos y rebajando los tipos máximos. Y desde luego se ha ido rebajando la tributación de las rentas del capital, a través de diversas deducciones que puede ver cualquiera que haga la declaración, mientras, las rentas del trabajo no gozan de esas ventajas.
Los otros dos impuestos se fueron vaciando de contenido hasta su supresión… ¡por Zapatero! (suena como si dijéramos ¡por Belenos! ¡por Tutatis!, por los clavos de Cristo).

Otro factor de ineficacia recaudatoria es el fraude fiscal. No es sobre todo el del fontanero o el chapista, porque el 70 por ciento lo realizan las grandes empresas, según confirma el sindicato de técnicos de Hacienda. Claro, así tenemos un agujero tributario que impide una financiación adecuada de la sanidad y la educación. Y se recurre a sus recortes, atacando por el lado más débil.
Este proceso no es casual. Obedece a una estrategia que para nuestra desgracia ya estaba en marcha cuando apenas se iniciaba en España el estado de Medioestar. Por varias razones el modelo se ha ido agotando, y la bajada de la tasa de ganancia de las empresas fue empujando la economía hacia la especulación, a la vez que se iba desmontando todo gasto no dirigido a engordar el capital. Desde luego, el gasto social y de modo complementario los costes laborales.
Y aquí entra la otra reforma, la laboral, en un intento de disminuir los costes laborales de las empresas. No es de ahora, porque desde los famosos pactos de la Moncloa se ha desarrollado al menos en seis etapas: 1984, 1994, 1997, 2001, 2006 y 2012. Cada una más desfavorable para los trabajadores. La finalidad clara, bajar los salarios, a ser posible hasta el límite de la supervivencia… de los que tengan trabajo,
Pero claro, con esto baja el consumo y también necesariamente la producción. Ecuación insoluble que deja claro un engaño: que a precio más bajo del coste aumentará la demanda. Pero cualquier empresario sabe que no va a fabricar más porque le salga muy barato, sino porque va a vender mucho.
Y, así, no hay modo.
Mientras, ganan tiempo… perdiendo el tiempo.

J. J. Guirado