España: un basurero general, por Marcos Couzós.

Posted on 20 marzo, 2013 por

3



Así calificaba Iñaki Gabilondo, hace unas semanas al país en que vivimos. Esta España nuestra que, en otros tiempos de miserias y hambre, se sacó de la manga el más esperpéntico de los eufemismos: la picaresca.

Además de protagonizar un fértil género literario, las andanzas del pícaro se basaban en pequeñas fechorías cuya rentabilidad, se reducía a un chusco de pan, a veces, incluso sin manteca con que untarlo.

Poco a poco, el pícaro se fue haciendo mayor y acabó por extenderse a lo largo y ancho de todo el territorio, al tiempo en que se convertía en un adjetivo dotado de muchas más connotaciones positivas que negativas. No entiendo cómo, pero pasados varios siglos, hoy calificamos de pícaro, con cierta simpatía, a alguien astuto que se sirve del engaño para vivir.

Hay quien suele justificar la picaresca con la existencia de un tal “gen latino”, que se encarga de imprimir en nuestro carácter el afán de conseguir a toda costa aquello que deseamos, fuere como fuere y por encima de quien fuere.

Parece que muchos han encontrado en la política un hábitat ideal para poder desarrollar y dar rienda evolutiva a ese “gen”. Adoptaron como paradigma la mayor premisa de la evolución natural: “el más fuerte, sobrevive”. Y este paradigma lo aplicaron a todo aquello que nos rodea: a la política, por supuesto, pero también a la economía, al deporte, al mundo laboral y educativo, etc: No sólo debo ser el más fuerte, sino que debo rodearme además, de quien esté dispuesto a actuar igual que yo.

De esta forma han conseguido crear un sistema perfectamente organizado y con muy buena prensa, no en vano insisten en convencernos de que esta democracia es lo mejor que nos pueden dar, como si fuesen seres omnipotentes al mando de millones de títeres.

Hoy por hoy, el pícaro no proviene de los bajos fondos… Viste zapatos y trajes italianos en cuya solapa coloca las siglas identificativas de su partido. Su chófer y guardaespaldas lo custodian allá por donde pisa y su poder adquisitivo suele ser inversamente proporcional a sus escrúpulos y a su voluntad de servir a los demás. Utiliza los recursos públicos en propio beneficio y para garantizar que el sistema se mantenga intacto.

Me temo que Gabilondo se quedó corto. El estercolero existe hace mucho, lo que ocurre es que parece que haya entrado en una irreversible fase de descomposición. Sí, a la basura apoltronada en los órganos directivos de nuestra sociedad, se le han ido sumando las peores bacterias y virus: la prepotencia, la grosería, la avaricia, la desfachatez… desvirtuando la política carente ya de decencia, honradez y vergüenza ajena.

Los máximos responsables de gestionar el país, y con él al pueblo, sus potenciales riquezas, materiales y culturales, han perdido el norte. No cumplen con su deber, eso es palpable, además han convertido los despachos del Congreso en un gigante Monopoly en el que se venden acuerdos, la moneda de curso legal es un sobre en negro y la banca siempre, siempre gana.

Pero eso no es todo, la desvergüenza es tal que ninguno de estos infames criminales se agarra al último gesto honroso que le queda a un corrupto: la dimisión. El portavoz de turno asumirá el papelón, saldrá del paso como buenamente pueda y con el tiempo, cuando la aletargada memoria del votante cambie realidad por olvido, se le recompensará y con intereses, eso sí: siempre particulares, nunca generales.

Marcos Couzós

Anuncios